Bullying

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Bullying

¿En qué consiste el tan famoso bullying que parece atacar a las escuelas  en nuestros días, cada vez en niños de menor edad? ¿Por qué existe, de dónde surge? ¿Es un fenómeno reciente en nuestra sociedad o es que siempre ha estado presente pero bajo otro nombre? ¿Qué pasa en el psiquismo de cada uno de los que interviene en esta situación?

La palabra bullying proviene del vocablo inglés que significa “acoso u hostigamiento“. Consiste en amenazas, manipulación, coacción, aislamiento social, intimidación, abuso o agresión dentro de cualquier ambiente en donde alguien se desarrolle: club, trabajo, la casa, la escuela, etc. y puede ocurrir de manera directa o por medio de redes sociales o Internet, lo cual se clasifica como cyberbullying.

En cualquiera de sus formas, básicamente surge de la intolerancia hacia el otro, hacia ese otro que tiene algo que deseamos o que hace evidente una diferencia con la que no podemos lidiar y que por lo tanto tratamos de borrar (esto nos confronta con algo que tiene que ver con nosotros y nuestra propia historia). Al mismo tiempo que existe cierto deseo de encontrar semejanzas y parecidos con el resto para identificarnos, esto nos resulta amenazante pues también necesitamos encontrar algo que nos haga distintos a los demás para sentirnos reconocidos, de manera que el prójimo siempre es considerado como peligroso en la medida en que es un rival. En todo ser humano existe cierto monto de agresión que es necesario que aprendamos a manejar, la pregunta es ¿qué hacer con ella? En el caso del bullying, ocurre que el grupo coloca en el exterior toda su agresión dirigiéndola al “diferente”, quien será segregado o atacado.

Siguiendo esta definición, el maltrato entre estudiantes en las escuelas es una situación que siempre ha existido, desde el inicio de la historia de los colegios han habido pandillas que molestan a un alumno o riñas entre compañeros; sin embargo, tampoco podemos negar que en nuestros días esto parece ir en aumento debido a la falta de límites de los adultos hacia los niños.

Como es bien sabido, existen tres participantes en una situación de bullying: la víctima, el agresor y los testigos. En esta ocasión me interesa compartir cuáles son algunos de los factores conscientes e inconscientes que hacen que cada uno elija un papel determinado ante el conflicto.

  1. La víctima: es una persona que se distingue del resto del grupo, ya sea por alguna característica física (el más flaco, gordo, bajo, el que usa lentes, la niña, el moreno, etc.) o emocional-intelectual (el más “lento”,  el “estudioso”, “el pobre”, el de otra religión, entre otros). Para que la persona diferente se convierta en “víctima o abusado” es necesario que la crítica o agresión que recibe del exterior, se enlace con una sensación propia de desventaja, es decir que se identifique internamente con aquello que se le señala (algún elemento que le molesta de sí mismo, que le produce culpa o con cierto sadismo que se vuelca contra sí mismo). La víctima obtiene como ganancia la compasión de los demás y de sí mismo. Lo dramático es darse cuenta de la responsabilidad que él tiene en la posición que elige inconscientemente, ya que obtiene placer al sufrir por lo que “se hace rechazar” y busca el maltrato. Dependiendo de su reacción, provocará que el victimario continúe molestándolo por lo que al mismo tiempo lo controla; sin embargo, puede provocar que los niños ya no quieran acudir a la escuela o en casos extremos (y aunados a otros síntomas emocionales no atendidos) puede desembocar en el suicidio.
  2. El agresor o victimario: es una persona que es percibida como “fuerte” y busca intimidar a la víctima, obteniendo como ganancia “poder” y “reconocimiento”. Se caracteriza por no asumir la responsabilidad de sus acciones y culpar a los otros, por lo que su juicio de realidad puede estar alterado hasta llegar a presentar alguna psicopatología. Normalmente carece de cercanía y afecto en casa y en este sentido, es víctima también. Desplaza la situación que vive en su hogar al sentirse vulnerable a un entorno en donde él pueda tomar el lugar activo de ser el que desprecia, lastima o ignora al otro. Este “personaje” logra poner en acción el sadismo que los otros reprimen, por lo que se pone en juego su perversidad.
  3. Los testigos: aunque pareciera que son los alumnos que menos tienen que ver, muchas veces tienen un papel principal al ser cómplices pasivos de la situación que presencian y  por lo tanto, fomentan que esto se perpetúe en lugar de denunciarlo. Precisamente su función es la de “ver” el espectáculo; se podría decir que disfrutan (sin darse cuenta) al observar el sufrimiento del otro y pueden llegar a identificarse con ambos y admirar al agresor
    porque logra llevar a la práctica los impulsos violentos o agresivos que ellos no concretan. Los espectadores son los que ratifican el lugar de la víctima y el agresor.

En este punto es importante destacar que para considerarse bullying, debe darse un acoso constante y prolongado sobre una misma persona, ya sea de manera física, verbal o psicológica. Es necesario tener cuidado en el modo en el que se utiliza este término, ya que si se emplea con arbitrariedad puede llegar a confundir a los propios niños o adolescentes quienes abusan de esta palabra para referirse a cualquier broma, conflicto o malentendido que surja con un compañero. Esto puede llegar a ser tan peligroso como hacer caso omiso de lo que cuentan los estudiantes, ya que si los padres soportan la idea de que “si Juan te vio feo quiere decir que te está haciendo bullying, me altero y voy a hablar con la escuela…” y el colegio accede a esta presión externa “castigando” de entrada a los alumnos, se bloquea la oportunidad de que los propios niños aprendan a resolver sus conflictos por medio del diálogo.

Lo que es un hecho es que en la sociedad actual pareciera que no existe una limitante al goce individual y que lo importante es sentirse completo, todopoderoso y al mismo tiempo ser igual para poder “pertenecer” (cuestión alimentada por el mercado, el consumismo y en las mismas escuelas por la tendencia a la estandarización y homogenización), por lo que cada vez es más difícil considerar al otro.

No podemos olvidar que el auge del bullying (que muchos podrían considerar una moda), llega a México a partir de la influencia de lo que ocurre en los centros escolares de los Estados Unidos desde hace unas décadas y que podríamos reconocer en películas como Bowling forColombine en la cual un grupo de estudiantes adolescentes mata a sus compañeros de colegio al introducir armas a la escuela. En nuestro país, las últimas estadísticas mencionan que este fenómeno también va en aumento: El “Economista” apunta que el 40% de los niños que acude a las escuelas en México ha sido víctima del bullying (maltrato en la escuela), el cual tan sólo en el Distrito Federal llevó al suicidio a 190 niños en el 2009.

Más allá del análisis sobre el contexto sociocultural y los factores externos que pueden propiciar que una sociedad favorezca la paranoia y encuentre la violencia como única alternativa de resolución de problemas, entre los cuales se podría discutir la influencia de los medios de comunicación, es importante preguntarse: ¿Qué papel jugamos como adultos para la detección y prevención de estos eventos?

Frente a este panorama, es inevitable que nuestra angustia y preocupación también crezca como directores de una institución educativa, por lo que es importante considerar las siguientes recomendaciones para trabajar en los distintos niveles:

  1. Intervenir con los padres: implementando talleres y conferencias que los ayuden a diferenciar lo que es bullying de lo que no. El conflicto siempre va a existir, es inevitable y por lo tanto no podemos pretender acabar con él, lo importante es aprender a confrontarlo como una oportunidad para cuestionarnos y crecer.
  2. Intervenir con los maestros: trabajar sobre sus dudas y confusiones, abordando los mitos que existen con respecto a este tema, orientándolos en qué pueden hacer desde su función como mediadores y la importancia de poner un alto ante estas situaciones, entendiendo que la educación (desde la enseñanza de la cortesía y las normas de convivencia), permite aprender a controlar los impulsos agresivos constitucionales en cada ser humano. También es importante apoyarlos con un psicólogo escolar que pueda hacer las canalizaciones pertinentes para casos particulares, teniendo muy presente que las “etiquetas” lo único que hacen es inmovilizar a los estudiantes.
  3. Intervenir directamente con los alumnos: implementar espacios para la reflexión en donde los estudiantes aprendan a resolver sus problemas, hacerles preguntas y escucharlos: ¿qué pasó?, ¿cómo se sienten?, ¿cómo creen que se sintió el otro?, ¿de qué otra manera pudieron haber actuado?, ¿qué ayuda necesitan? Mientras se escucha a los niños, es importante leer entre líneas porque muchas veces lo que se expresa con el síntoma de la “transgresión” o una “conducta violenta” habla de un sufrimiento interno del niño o adolescente que ni siquiera él mismo puede reconocer. Es necesario responsabilizar a cada uno del papel que juega, permitiéndoles conocer
    la propia agresión que habita en ellos. Lo que es importante tener claro es que tanto la víctima como el agresor que se encuentran en una situación de bullying están ahí sin saber por qué y ¡están pidiendo ayuda!

Finalmente, les comparto algunas frases comunes de los padres y profesores para pensarlas juntos en relación con el tema del bullying:

  1. “A mi no me gustó que mis papás o maestros fueran autoritarios conmigo, por lo tanto mi hijo/alumno tiene total libertad”. Se ha detectado que los niños que se convierten en agresores provienen de familias que siguen una educación permisiva y con falta de límites, por lo que presentan baja tolerancia a la frustración y poca empatía. Es por ello que la primera propuesta para la prevención del bullying es el trabajo con adultos para que aprendan a escuchar a sus hijos y alumnos: a decir “sí” y a decir “no” cuantas veces sea necesario para su formación, ya que los límites ofrecen contención y seguridad.
  2. “Yo soy amigo de mi hijo/alumno”. No es lo mismo tener una relación cercana y afectuosa con tus hijos o estudiantes que ser su amigo. Ellos tienen que tener claro que la relación padre-hijo y profesor-alumno no es una relación simétrica (de igual a igual), necesitan tener la seguridad de que existen las reglas y que tanto profesores como padres son figuras de autoridad y por lo tanto representan esa ley que les dirá lo que está permitido y lo que no, lo cual es indispensable para la convivencia en sociedad.
  3. “Ver películas de guerra te convertirá automáticamente en una persona que agrede”. Es cierto que es necesario estar pendientes del tipo de programas televisivos, películas, videojuegos, páginas de Internet, etc. a los que tienen acceso los niños y adolescentes y verificar que vayan de acuerdo con su edad. Sin embargo, tampoco podremos encerrarlos en una “burbuja” en donde estén aislados de todo lo que se transmite en los medios de comunicación, incluso estos pueden considerarse como recursos para que se canalice la agresión y para poder elaborarla. Recordemos que lo prohibido es lo que más llama la atención. En lugar de regañarlos o esconder dicha información, es necesario generar la confianza para que sientan la libertad de platicar con los adultos sobre lo que vieron y escucharon y enseñarles a ser críticos ante esto.
  4. “Yo te voy a decir cómo solucionar los conflictos, ve y pídele perdón a tu compañero.” O el caso contrario: “si llegas con el ojo morado por no defenderte, yo te voy a dar un golpe peor”. Tanto los adultos que dan respuestas a sus hijos o alumnos y los obligan a “reparar” algo sin permitirle al niño o adolescente pensar, como los que fomentan la violencia, no dejan que sus hijos o alumnos aprendan a resolver los conflictos y descubran alternativas de solución por ellos mismos.
  5. “No digas que aborreces a esa niña, eso no es correcto”. En todas nuestras mentes existen sentimientos hostiles; sin embargo, hay una gran diferencia entre llevar a la práctica y convertir en acciones nuestros pensamientos o hablar sobre ellos para poder entenderlos como parte del ser humano y no como un tabú. En la medida en que
    podamos enseñar a los niños y adolescentes a integrar todos sus sentimientos con mensajes como: “no tiene por qué caerte bien o no tienes que amarla, sin embargo no puedes decirle groserías o golpearla”, podremos ir recuperando el valor de la palabra, frente a la tendencia de inmediatez y a la actuación. Es importante que el habla se retome para hacer un espacio a los sentimientos de odio, de manera que el amor también pueda aparecer.

Claudia Hirsch Montoya
Pedagoga y psicoanalista

Foto: Old Shoe Woman via photopin cc]]>

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