Celebrando lo que tenemos

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El Enmascarado.

Tenemos la costumbre de celebrar fechas o acontecimientos de forma completamente arbitraria. Celebramos cumpleaños que son, esencialmente, la vuelta que le da al sol nuestro planeta con nosotros montados en él. Lo mismo sucede con el año nuevo.

Pero también están los acontecimientos acumulativos. Usualmente los contamos de diez en diez. ¿Por qué no de once en once o de nueve en nueve?

Estamos tan enamorados del sistema decimal que casi todo lo celebramos de diez en diez o en algunos casos sus mitades respectivas. De ahí que la celebración de la “quinceañera” sea una de las más importantes. Quince vueltas alrededor del sol convierten a una niña en “mujer”.

Los norteamericanos no pasan por eso, ellos usan el sistema de yardas, pies y pulgadas. Y ninguna tiene relación con la otra. Creo que una yarda equivale a dos pezuñas de caballo y un litro de leche. No tengo idea. Así que ellos celebran los “Sweet Sixteen” o Dulces Dieciséis. Para ellos las niñas se convierten espontáneamente en mujeres a los 16 (creo que tiene algo que ver con la pulgada y 4 pies de altura o algo por el estilo, pero no me hagan mucho caso que no lo puedo confirmar).

El caso es que, ya sea de cinco en cinco o diez en diez –veintes y treintas– los humanos solemos marcar hitos en nuestra vida y aquí en la revista no somos diferentes.

Vamos a marcar el nuestro y lo vamos a marcar (obviamente) con diez, si no los demás nos iban a mirar raro. Con diez números bajo el brazo puedo decir con cierto grado de seguridad que sigo preguntándome por la naturaleza de lo que hago. Más allá de las faltas de ortografía y dependencia total en alguien que revise el texto y lo corrija, lo que aún me cuestiono es más profundo.

No sé muy bien qué quiero lograr con estos textos. ¿Quiero convencer a alguien de algo? Ya sé que los convencí de que no estoy del todo bien de la cabeza, pero hablo de algo más. ¿Se puede convencer a alguien para que vea vida de otra forma tan solo escribiéndolo y exhibiéndolo cual criminal enplaza de pueblo?

Quiero pensar que la respuesta es sí. Al final, todos nos hemos creado como personas estando expuestos a diferentes ideas. Ya sea que esas ideas llegaron a nosotros por medio de un gran pensador que vimos debatir en televisión, o quizá a través del libro de un magnifico autor. A veces algo como una obra de teatro o una película nos hacen darnos cuenta de que, en el fondo, todos somos más o menos iguales, queremos lo mismo y soñamos con cosas similares.

Y si grandes obras creadas por grandes pensadores o magníficos autores llegaron a forjar nuestra forma de ser, ¿por qué no iba a poder hacerlo una columna en una revista?

No digo que lo haga para convertirlos a todos a mi manera de pensar –qué grandioso sería hacerlos a todos iguales a mí –muajaja– (risa perversa). La realidad es que lo hago porque es divertido. Es divertido exponer las incongruencias que tenemos como seres humanos. La incongruencia de querer que todos hagan las cosas bien pero que a nosotros nos den la oportunidad de equivocarnos, porque, al fin y al cabo, nosotros no cometimos ese error a propósito, lo nuestro fue un accidente. El de ellos, ese sí es una estupidez que hay que condenar, la nuestra no.

Así que bien, intentaré seguir adelante con mi noble labor de exponer la condición humana para que cuando te suceda algo similar sonrías y pienses “no soy el único al que le pasó esto.” Porque es así, no eres el único, yo también lo vi.

Espero que sigas disfrutando esta columna por más tiempo y será un placer celebrar nuevamente contigo cuando lleguemos al número 17 de esta revista. O, ¡qué se yo!, al número que corresponda celebrar de forma completamente arbitraria.

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