El escuchar de los profesores

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Pasa por reconocer que mi mundo es distinto al mundo del otro y que el otro tiene un mundo que es distinto al mío. Que sus experiencias son diversas a las mías, pues hemos vivido vidas distintas, seguramente en paisajes distintos, con personas diferentes, con problemas propios y con soluciones y alternativas quizá diferentes a las que yo he utilizado para salir adelante o para estancarme en mi propia existencia personal.

Los caminos de la vida son diversos y cada uno los va construyendo paso a paso, pero en direcciones propias, con la fuerza o la voluntad de superarme o con la desidia y la falta de inteligencia y voluntad para ser cada día un ser más bueno y feliz. Cada uno es, como lo dice E. Mounier, “un universo personal” con una eminente dignidad. Nada ni nadie pueden suplirme, faltarme el respeto o negar mis propios derechos. Como yo tampoco puedo transgredir el derecho de los otros, su libertad y su propio camino de vida.

Comprender esto y asimilarlo profundamente en la intimidad de mi propio ser es muy difícil pues, como seres aún primitivos que somos, el deseo de querer imponernos a los otros a través de nuestros pensamientos, ideas, afectos y demostrar nuestro poder en las relaciones interrelaciones personales, está muy enraizado en la especie humana como para poder olvidarlo de una vez por todas. De ahí la necesidad de que en la formación pedagógica de los nuevos profesores (quisiéramos decir en la formación de los nuevos educadores) el aprender y comprender esto sea esencial. Y para ello el mejor método es enseñar a los futuros profesores al arte de escuchar.

Este arte consiste, no en no hablar, o no dar opiniones y juicios sobre la realidad y los que nos rodean. Después de todo, es natural que así sea. Nuestros pensamientos e imágenes, experiencias y juicios, nublan lo objetivo y tendemos a interpretar la realidad aún antes de que ella se nos muestre en toda su magnitud.

Este arte de escuchar consiste, más bien, en suspender el juicio.

Suspender en nosotros las imágenes prefabricadas que tengamos sobre una persona o una situación y dejar un cierto vacío en nuestra conciencia para que ella se llene o se lance hacia la realidad, abarcándola tal cual es, en lo posible.

El arte de escuchar consistiría, por lo tanto, en saber guardar un silencio interior que es más profundo que las palabras que se dicen, que los gestos que nos fabricamos socialmente, que los juicios que ya nos hemos formado o que las sensaciones y afectos que hemos vivido como experiencias de vida.

Saber escuchar es “disponerse a escuchar” y eso tiene que ver con la voluntad. Es decir, con el “quiero” escuchar. Por eso el escuchar es una competencia que se puede enseñar a los nuevos profesores que desean ser educadores y no simples repetidores de contenidos que no son, en definitiva, sino un suplemento a la labor formativa.

El escuchar implica una actitud valórica frente a la vida. Es querer que el otro se exprese en lo que es, en un sentido muy profundo desde su propia “mismidad”. El valor del respeto por el otro, no importando su edad, sexo, religión o color de la piel, es la base para saber escuchar.

El profesor, en otras palabras, debe ser un “experto en naturaleza humana”. Es decir, debe estar siempre disponible para comprender el movimiento y los tiempos de desarrollo de sus alumnos que son distintos al movimiento y los tiempos del profesor. La experiencia pedagógica del profesor consiste, por lo tanto, en saber comprender técnica y humanamente ese “tempo” de sus alumnos. Ese movimiento que marcha a pasos a veces muy acelerados, a veces muy lentos, pero que siempre nos depara sorpresas durante el proceso pedagógico.

De ahí la necesidad de que durante el período de formación de los futuros profesores se les forme en su propio desarrollo humano, para que reconozcan su potencial, sus características propias, las limitaciones de su entorno, sus capacidades y flaquezas como educadores en formación y el desarrollo de su autoestima. Compleja tarea sobre la cual algo se ha realizado en el pafs, pero que es importante continuarla y desarrollarla a fondo, pues de una u otra manera (como se muestra en todas las reformas educacionales que fracasan) el eje central del proceso de enseñanza y aprendizaje no es sólo el alumno, sino también el profesor, al cual muy pocas veces se le consulta sobre cuestiones técnicas que son de su competencia.

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