La función de la escuela

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La función de la escuela

Por. Claudia Hirsch

En artículos anteriores hemos hablado de cuál puede ser el lugar de los adultos frente a las demandas actuales de los niños y la dificultad para ubicarse como “autoridad” en estos tiempos; en esta ocasión me propongo analizar cuál es la posición que la escuela debería sostener en pleno siglo XXI frente a las exigencias de la sociedad.

Sostengo que en la actualidad se tiende a pensar que la escuela es un centro hospitalario o terapéutico, olvidándonos de la función principal de esta institución: la transmisión de los saberes culturales y el legado generacional, así como la socialización. Siguiendo la tendencia de la Unesco de educar en competencias, lo cual incluye valores, habilidades y actitudes y no solo contenidos, pareciera que se delega en las escuelas toda la responsabilidad de la formación de los niños y jóvenes, lo cual abarca desde cuestiones higiénicas básicas hasta elementos afectivos.

Recientemente escuché en un noticiero que en España se propuso una iniciativa de ley para que el gobierno obligara a los niños a realizar tareas domésticas. Afortunadamente, un grupo de padres salió a manifestarse en contra argumentando que esta es una tarea educativa que corresponde a la familia y no al gobierno.

Retomo esta situación para cuestionarnos: ¿Por qué la familia se está desentendiendo de algunos aspectos importantes, para dejar exclusivamente en manos de instituciones gubernamentales y educativas la tarea de formar a los niños?

Si bien es cierto que no se trata de que los colegios se sostengan como lugares centrados en la transmisión teórica de información (que hoy en día pierde todo sentido ya que el conocimiento cambia y se actualiza rápidamente), tampoco debemos confundirnos al acabar transformando a los profesionales de la educación en nanas, terapeutas o consejeros de vida, dejando a un lado su papel docente.

Lo paradójico es que este fenómeno ha sido fomentado por las mismas escuelas al sobre diagnosticar a sus estudiantes, adoptar parámetros de “normalidad” segregando a quienes no los cumplen y justificando a partir de estas “etiquetas” ciertas conductas inadmisibles. Resulta que más de la mitad de los alumnos de cada aula ya están clasificados (¡Y en muchas ocasiones hasta medicados!): El que tiene déficit de atención, el hiperactivo, el que padece trastorno oposicionista-desafiante, el ansioso, el hijo de los padres que se acaban de separar, etcétera.

Lo peligroso radica en que el maestro se olvide de su lugar como transmisor del legado cultural y se convierta en un diagnosticador de patologías (careciendo de la preparación para ello o basándose en cuestionarios promovidos por los laboratorios, la industria farmacéutica y los medios de comunicación).

En estos casos es cuando se “psiquiatrizan” los colegios, cuestión que trae implícita cierta lógica de mercado particular y un enfoque biologicista apoyado por algunos psiquiatras o terapeutas a los cuales les da cierta “tranquilidad” rotular a los niños atribuyendo sus malestares a causas exclusivamente orgánicas, deslindándose así de la responsabilidad que tenemos los adultos que rodeamos a estos estudiantes.

Si a esto le sumamos el hecho de que ciertas escuelas privadas únicamente centran su preocupación en retener a los padres y alumnos, percibidos como clientes, la educación queda relegada a un segundo plano.

Aunado a esto, observamos que la escuela no ha sido del todo capaz de actualizarse para adaptarse a la sociedad del conocimiento, ya que se siguen elaborando exámenes de preguntas cerradas que solo permiten respuestas únicas y encontramos docentes enfocados en seguir el libro de texto al pie de la letra. Como decía, la teoría pedagógica actual sostiene que lo importante no es conocer datos y poseer información, ya que las nuevas herramientas tecnológicas permiten que consultemos fechas, nombres y lugares específicos en cuestión de segundos en nuestro celular o Ipad.

Entonces, ¿cuál es la función de la escuela?

Me atrevo a plantear el siguiente dilema con el que seguramente se han enfrentado muchas instituciones en su afán de ser comprensivos con los alumnos: el estudiante realiza una exposición que debe ser evaluada cualitativamente para después traducir eso en un número que representará su calificación (una vez hecha la retroalimentación sobre los puntos a mejorar y las fortalezas de la misma).

Utilizando los más novedosos instrumentos de evaluación, empleamos una rúbrica y nos percatamos de que la presentación no cumple con los criterios mínimos y realmente fue deficiente. Siendo francos, si sabemos de antemano que dicho alumno convive muy poco tiempo con sus padres, que no le prestan atención en la familia y que lo maltratan, ¿no incidiría esto en la calificación que asignemos?

Ya sea que lo pensemos por nuestra cuenta, que estemos en el lugar del directivo que hace dicha “sugerencia” al docente viéndose presionado por un sistema que en muchos casos quiere ocultar sus deficiencias o que estemos en la posición del docente que recibe la orden-consejo por parte de sus superiores, el planteamiento es el mismo: “reconsiderar” la calificación para “ayudarlo” a aprobar.

La pregunta es: ¿realmente lo estoy beneficiando al asignarle una calificación que no se ganó, estoy compensando el déficit de cariño y/o cuidados que le dan en su casa?, ¿cómo se relaciona una cosa con otra? Creo que un docente puede establecer un vínculo de empatía genuina y abrir canales de escucha sin por eso tener que “mentir” o “engañar” en cuanto al desempeño académico del estudiante, quizá la opción sea trabajar con él de cerca ofreciéndole estrategias o sugerencias para mejorar en las siguientes ocasiones y sobre todo, dándole la oportunidad de aprender de sus errores y animándolo para volver a intentarlo.

De esta manera, el contenido académico o tema, se convierte en el pretexto para lograr establecer una buena relación entre el profesor y sus alumnos, sobre todo en el caso de niños o adolescentes que carecen de entornos afectivos en casa y a su vez, puede ser la mejor forma de transmitirle ciertos valores que lo acompañarán a lo largo de la vida: el esfuerzo, la constancia, la honestidad y la perseverancia, así como mejores habilidades para preparar exposiciones de calidad.

Es así que sugiero poner el énfasis en el proceso mediante el cual los alumnos aprenden a pensar por sí mismos, a encontrar soluciones a sus problemas, a ser críticos, a generar sus propias preguntas (aunque a veces no tengamos las respuestas), etcétera.

Bajo este punto de vista, la institución educativa debe ser un lugar en donde se valoren y respeten las diferencias, a partir de las cuales, cada uno irá encontrando un sentido a su vida para crecer como persona y mejorar la sociedad en la que está inmerso. Me parece que no podemos dejar de lado el enseñarles a los alumnos cómo investigar en internet, en dónde y cómo buscar dicha información y saber analizarla, pero sobre todo, es momento de centrarnos en la segunda finalidad de la escuela: la socialización.

Los niños y adolescentes necesitan acudir a un lugar en donde puedan interactuar con sus semejantes, en donde refuercen el respeto al prójimo, esperen turnos, escuchen al otro, renuncien al egocentrismo, aprendan a saludar y despedirse como hábitos de convivencia y desarrollen la capacidad de diálogo; cuestiones fundamentales que también requieren del sostén de la familia.

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