Misdoris

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Así que me levante temprano, me vestí cual ejecutivo adulto casual al que intentaba imitar y me monté en el coche. La pregunta del millón en ese momento fue: ¿A que hora se empieza a trabajar en el D.F.? Porque a medida que circulaba por la ciudad el tráfico se volvía cada vez mas complicado. A mitad de periférico (ya eran las 9:15) veía mujeres ataviadas de secretarias con su bolsita de almuerzo subiéndose a los autobuses o taxis. Si eres secretaria ¿No se supone que a las 9 ya estas en el trabajo? ¿Qué hacen ahí? ¿Por qué no están ya en la oficina y me alivian el camino a mi que si tengo motivo para estar circulando a esta hora?

 

Como es obvio al ir a un lugar nuevo, me metí en una calle que no era y tuve que parar a preguntar y el señor de los tacos no sabia y me mando con el compadre y que no sabe el compadre y que finalmente sigo mi camino. 10 minutos a la basura.

 

Finalmente doy con la institución educativa en cuestión. Muy elegante, bilingüe y en zona residencial de alto poder adquisitivo. Menciono esto porque es obvio que la gente que envía a sus retoños a un lugar así espera solo lo mejor en la calidad de educación y, por ende, la calidad de los que ahí laboran. Es obvio que los maestros y su directora (persona a la que iba a ver) debían tener un intelecto superior al grueso de la población, tanto a nivel escolar como a nivel profesional.

 

Toco el timbre y el guardia me pregunta “¿Si diga?”

 

–”Vengo a ver a Doris Hernández.”

 

Esto causa 10 segundos de silencio en los que puedo ver en los ojos del guardia todo su proceso de acceso a datos indagando en su corteza cerebral. Finalmente, y como quien grita “lotería”, me contesta: “Misdoris!”. Así, una sola palabra.

 

Ahora me toca a mi mirar al vacío mientras trato de acceder en mi memoria esa palabra y lo que puede significar. Quiero pensar que el haber estado alejado de escuelas por tanto tiempo es una excusa razonable para olvidar que las maestras son “mises” con nombre.

 

-“Miss Doris” digo yo. “Si, vengo con Miss Doris.” Levanta el teléfono, llama, pregunta, contesta, y unos minutos después; “Puede pasar.”

 

Llego a la recepción donde una encantadora jovencita me atiende tan amablemente.

 

-“Si ¿diga?”

 

Yo pensé que el guardia le habría explicado acerca de mi visita. Veo que no.

 

-“Vengo a una cita con Doris Hernández.”

 

Vista perdida en el infinito. Los ojos se mueven a la derecha o sea que esta accesando su lado izquierdo…. “Misdoris!”

 

-“Lotería.” Contesto.


 

-“Un momento por favor.” Me dice mientras hace la llamada obligatoria por teléfono. “En un momento vienen por usted. ¿Gusta tomar asiento?” Le iba a explicar que llevaba dos (2) horas sentado en el coche con un tráfico infernal, evitando zonas de obras, secretarias con bolsitas de comida que por algún motivo no estaba trabajando y perdiéndome en un área desconocida. Finalmente opté por el “No gracias, estoy bien así.”

 

Cinco minutos después aparece una simpática señorita.

 

-“Disculpe la demora.”

 

-“No es problema.” digo yo. “Vengo a ver a Doris Hernández.” Todavía me ponía incomodo usar la abreviación, pero me estaba por poner aun mas incomodo.

 

-“Si, misdoris. Que pena, pero ¿Qué cree?”

 

Odio esas palabras, nunca son buenas noticias.

 

-“¿Qué creo?”

 

-“El hijo de misdoris se enfermo y no va a venir a trabajar.”

 

Ahora bien; yo entiendo que una persona tenga un contratiempo. Entiendo perfectamente que un hijo enfermo haga que la persona no vaya a trabajar. En serio, soy el primero que dice que lo mas importante es la familia. Lo que no entiendo es porque dejan plantada a otra persona sin avisar. La cita era a las 10 a.m., en la escuela los chicos entran a las 8 a.m. Si mal no recuerdo; cuando yo iba a la escuela sabía que los maestros llegaban a las 7:30, como mucho a las 7:50. Entonces, asumiendo que las cosas no cambiaron tanto en 20 años ¿porque no me aviso antes?

 

-“Es que misdoris se lleva su agenda a la casa y yo no sabia que usted iba a venir.”

 

Y con esa frase lapidaria se acaba cualquier tipo de argumento de mi parte, pero no mi intento de razonar lo acontecido. No puedo discutir nada con la simpática señorita, pero después de comerme dos horas de tráfico para llegar hasta aquí, no puedo evitar pensar ¿Por qué?

 

Mucho se habla de la falta de civismo en nuestra sociedad. Muchas son las quejas que se escuchan en radio y televisión. “¿A dónde vamos a parar?” pregunta un comentarista. “¿Qué esperabas si eliminaron la clase de civismo de las escuelas?” le responde la compañera. Pero, pregunto yo: ¿De que sirve que haya una clase de civismo si los mismos maestros que la imparten no tienen la menor idea de lo que significa, siquiera, la cortesía hacia el prójimo? No se puede enseñar lo que no se practica o, peor aun, lo que no se sabe. Tan sencillo que era tener una agenda extra en manos de la asistente y hacer que ella tuviera la cortesía, al enterarse que misdoris no iba a llegar, de marcarme al celular que les deje unos días antes y ahorrarme el viaje. Darme oportunidad, aunque sea tarde, de reorganizar mi día. Que no sea un desperdicio total. Respetar mi tiempo como yo respeté el de ella al llegar exactamente a la hora que me pidió. Vamos, sin ir mas lejos ¿Yo porque tenia que enterarme que las secretarias entran a trabajar a las 9:30 con su bolsita del almuerzo?

 

El caso es que de misdoris no volví a saber nunca mas. No me llamo para disculparse ni me escribió un email para explicar lo acontecido. Así como me dejo plantado ese día, me dejo plantado por siempre. Total ¿qué importa? Ella esta muy ocupada enseñándole valores a los niños.

 

Sin haber desayunado,

 

El Enmascarado.

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