¿Por qué es tan difícil educar en la actualidad?

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Muchas son las quejas y dificultades con las que se topan padres y profesores al estar frente a un niño o adolescente que demuestra poco interés por lo que se le dice, no acepta los límites impuestos y ni siquiera muestra actitudes de “respeto hacia la autoridad”. Los más conservadores optan por quedarse con la versión de  que “en nuestros tiempos los hijos/alumnos sí hacían caso o bastaba con una mirada para que ellos obedecieran”. Sin negar que existen cambios dramáticos en nuestra sociedad, vale la pena hacer una revisión más cuidadosa de lo que está sucediendo y de las posibles explicaciones sobre por qué es tan complicado posicionarnos como adultos frente a la infancia y la juventud en estos días.

Es innegable que las normas y referencias cambian a lo largo de la historia, pero esto no necesariamente tiene que ser  negativo. La cuestión es que los movimientos históricos y sociales tienden a ser pendulares: tres generaciones atrás predominaba un estilo autoritario de crianza en donde estaba prohibido preguntar, pensar u opinar. A partir de la promulgación de los Derechos de los Niños y de las grandes campañas publicitarias que buscan otorgar un lugar especial a la infancia dentro de la sociedad, nos encontramos con personas que han malinterpretado el mensaje y ahora nos percatamos de las graves consecuencias de este libertinaje y permisivismo, que tiene como escudo el “no frustrar a los niños y no afectar la autoestima de los jóvenes”, cuando sabemos que todo ser humano requiere cierto monto de frustración y de varios “no” que lo vayan humanizando y le permitan encontrar su propio camino.

Empecemos por retomar elementos que han estudiado filósofos y antropólogos como Z. Bauman quien afirma que estamos viviendo en una modernidad líquida, donde todo pareciera esfumarse rápidamente, incluso los lazos amorosos.

La sociedad de consumo, está relacionada con los valores del individualismo, presentismo, hedonismo y materialismo que parecen predominar en la actualidad. El hecho de que pretendamos llenar “vacíos existenciales” o agujeros de angustia comprando cosas de una manera “irracional” nos habla de la cultura en la que estamos viviendo, donde difícilmente un pequeño aprenderá a reparar el juguete roto si los padres le enseñan que cualquier cosa puede ser sustituida y remplazada rápidamente.

El hecho de que los medios de comunicación promuevan una sociedad del placer, donde lo importante es gozar, sin considerar las consecuencias  y sin tomar en cuenta a los otros, también trae grandes complicaciones. ¿Cómo podemos enseñar a los niños que existen momentos y lugares para cada situación, que es necesario respetar ciertas normas sociales, que la espera –del mañana en el que serán adultos- trae beneficios, si la tendencia es borrar la asimetría en la relación adulto-niño y cada vez a menor edad tienen acceso a más información o situaciones que antes estaban únicamente destinadas para los “grandes”?

La tecnología representa otro parteaguas, ya que si bien nos trae grandes beneficios que ni siquiera merece la pena repetir, debido a que son muchos y bien conocidos, también nos plantea preguntas sobre la estimulación-sobrestimulación que produce en los jóvenes y niños, volviéndose imposible para un profesor captar la atención del alumno en un salón de clases cuando éste está acostumbrado a animaciones y videojuegos que cambian de escena cada tres segundos. Sin poner en duda las enormes ventajas que la aplicación de la tecnología trae al aula, quizá sea conveniente replantearnos la siguiente cuestión ¿deberían los maestros competir con estos medios de comunicación y percibirlos como rivales, cómo podrían obtener mayor provecho de ellos? Quizá la alternativa sea utilizarlos a su favor, romper sus viejos esquemas y darse la oportunidad de emplearlos como herramientas, sin el temor a que estos los terminen por reemplazar ya que el vínculo humano es insustituible. La función del profesor no debe centrarse en la transmisión de conocimientos (que cambian constantemente) sino en la formación de sujetos y esto solo puede ocurrir a partir de la relación con otros.

Por otra parte, esta es una época de paradojas y contradicciones. Nos encontramos con el ideal de una niñez perfecta a la que le exigimos ser competente (siguiendo los modelos educativos actuales): aprender varios idiomas, deportes, ser buenos académicamente, ser sociables y líderes, tener habilidades artísticas, etcétera y nos olvidamos de darles a nuestros niños tiempo para jugar y aburrirse, ya que es a partir de un espacio de no saturación de actividades donde podrán desplegar su creatividad e imaginación. De manera que nos encontramos con hijos sobreprotegidos, repletos de clases (por el afán de que sean eficientes y exitosos) y que en muchas ocasiones, cargan con el peso de las expectativas y frustraciones de los propios padres; y al mismo tiempo tenemos una infancia y juventud más abandonada que nunca, sola emocionalmente.

Este mismo objetivo, de formar seres humanos exitosos (aunque no sabemos si felices) se refleja en las escuelas con tendencias que siguen un paradigma psicomadurativo en donde pareciera que el profesor tiene que hacer todo el esfuerzo por adaptar los contenidos a las características naturales del niño, olvidándose de que el sujeto que aprende también requiere esforzarse en todo sentido. Además, se observa que en muchas instituciones se espera que un alumno cumpla con ciertos estándares “normales” porque de lo contrario corre el riesgo de ser etiquetado con algún diagnóstico de moda.

Resulta curioso: a pesar de tantas campañas que han logrado reducir el número de hijos por familia en nuestro país, aún no se consigue que la convivencia y la relación entre padres e hijos mejore. Muchos podrán ofrecer como justificación que la dificultad de la sociedad actual radica en que ambos padres trabajan y pasan largas horas lejos de casa, dejando a los niños con nanas o personal de limpieza, en guarderías o en el mejor de los casos con los abuelos. La cuestión central no está relacionada con la cantidad de tiempo que se pase con los hijos (claro que un mínimo es requerido para poder conocerlos), sino en la calidad de la convivencia. Esta situación afecta a la escuela, ya que pareciera que muchas veces se ve obligada a asumir tareas que antes correspondían a los padres. Recuerdo la desesperación de una madre de un niño de 6 años que le pedía a la maestra que convenciera a su hijo de que desayunara antes de salir de su casa, debido a que a ella “no le hacía caso”.

Por lo tanto, nos encontramos con adultos a los que les cuesta mantenerse en su lugar y que en algún sentido, desearían regresar a la infancia (¿con la idea de no responsabilizarse?), y que entonces, deciden ponerse al nivel de los hijos o alumnos pretendiendo ser sus amigos, olvidándose de que los jóvenes y niños NECESITAN una figura de autoridad que pueda mantenerse como punto de referencia y que fije límites coherentes que los hagan sentir seguros. Es cierto, que la legitimidad que antes venía dada, hoy debe ser construida.

¿Cómo podemos quejarnos de niños apáticos o transgresores de las reglas, si nosotros mismos hemos renunciado a nuestra función de guías y/o hemos creído que somos todopoderosos y que lo mejor para nuestros hijos es que nada les falte? Tremendo error, los niños necesitan que algo les falte, tanto en el plano material (no cumplirles todos sus caprichos) como en lo que se les permite o no hacer, para que así puedan desear, soñar, imaginar. ¿Será que los adultos tratan de ocultar las carencias afectivas con objetos materiales? Recordemos, como comenta la PROFECO, que lo importante es el juego no el juguete. Lo verdaderamente valioso es un momento de plática y un rato de juego entre adultos y niños.

En conclusión, el primer paso podemos darlo al aceptar que estamos asustados y que no sabemos qué hacer. Esta duda es mucho más conveniente que pretender seguir una receta, una fórmula o un libro mágico que nos diga cómo educar hoy en día. Esta duda, si sabemos aprovecharla, abre un espacio para cuestionarnos, para preguntarnos qué estamos haciendo y hacia dónde queremos ir ¿será que le estoy pidiendo a mis alumnos o hijos que reparen o consigan algo que yo no logré?, ¿será que me pone ansioso no poder satisfacer lo que me demandan mis hijos o alumnos?, ¿cuáles son esas demandas y que hay detrás de ellas?, ¿será que estoy inhibiendo mi función con la esperanza de que algún experto me indique cómo actuar o que trato de disfrazar mis culpas con permisivismo? Detengámonos a pensar un momento en lo que sucede a nuestro alrededor y dentro nuestro, para poder diferenciar nuestros propios planes y proyectos en la vida, de la manera en la que queremos educar a nuestros niños, que como pensaba María Montessori “serán los adultos del mañana”.

Claudia Hirsch

Pedagoga y psicoanalista

educacionypsicoanalisis@gmail.com

 

Foto: theirhistory via photopin cc

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Empresario y Coach mexicano con más de 20 años de experiencia en el cierre de ventas e inscripciones para instituciones educativas.

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